tap, tip, tap

sólo se escucha el golpetear de las teclas

Dilan Cruz

Escribo estas líneas con varios propósitos en mente. El primero y más personal es para encausar las intensas emociones que en este momento experimento, así que puede considerarse un texto que para su lectura requiere cierta disposición empática. El segundo propósito es poder responder a los múltiples mensajes, estados y comentarios que he recibido frente a la noticia de la muerte de Dilan Cruz. En general, he guardado silencio después de enunciar el hecho, pero eso no ha sido por negligencia con mis interlocutores o condescendencia, sino porque me sentía incapaz de sostenerme en la conversación. Así que, escribo acá para responder y propiciar el encuentro de las ideas o los argumentos que me surgen frente a esta situación específica: la muerte de Dilan Cruz. El tercer propósito es transversal a todo, y es en últimas lo que me ha motivado a estudiar, a leer, a escribir, a pensar como ejercicio y esfuerzo. Escribo esto para la confrontación, para crecer con las opiniones de otras personas, otros puntos de vista y otros argumentos. Escribo esto como puente para que podamos encontrarnos.

El 21 de noviembre fue convocado un paro nacional que incluía salir a las calles y manifestarse a través de una marcha pacífica. Diferentes sectores de la población acudimos al llamado porque los motivos nos parecieron legítimos. Había todo tipo de pancartas que denunciaban múltiples situaciones de crítica al Estado colombiano y al gobierno de Iván Duque. Y en este punto inicial hay que hacer una precisión, si bien hay problemas estructurales en el Estado Colombiano (como la ausencia en una gran parte del territorio y por ende de servicios básicos para la población que habita en zonas rurales, que como colombianos tienen derecho), la marcha tenía un objetivo claro y específico: La renuncia de Iván Duque. Es decir que la protesta era en contra del gobierno de turno y no era en contra del Estado (y sus problemas estructurales).

Iván Duque se posesionó en su cargo de presidente del país hace más de un año (7 de agosto de 2018) y desde ese momento las decisiones que ha tomado en un amplio espectro (en cada uno de los temas en los que se ha involucrado) han sido criticadas y censuradas. Las más recientes fueron el planteamiento de una reforma laboral y una reforma económica con unas medidas que impactan fuertemente en los contribuyentes. Y esto es grave, pero en el ámbito social sus decisiones, más allá de la crítica y la censura fueron condenables. Su negligencia con los asesinatos sistemáticos de líderes sociales en todo el territorio nacional es una muestra de su carácter impávido frente a la muerte de inocentes. Su negligencia con las comunidades indígenas y sus requerimientos, es un abandono a sus funciones como cabeza del Estado y garante de los derechos de los ciudadanos y las responsabilidades del Estado. Así que, cuando su negligencia se manifestó en “¿de qué me hablas viejo?” frente a la pregunta legítima de un ciudadano respecto a los bombardeos en los que murieron unos menores de edad, la rabia ya estaba muy alta (debido a su desidia como gobernante).

Así que me animé a unirme a la marcha porque la lista de muertos en este país va de nuevo en aumento y esta vez no hay un guerrilla histórica, organizada y desplegada en el territorio. A los líderes sociales los amenazan y asesinan frente a un Estado que no hace nada por ellos, por garantizarles la protección y el derecho a la vida. Este fue mi motivo para unirme a la multitud. Marché junto con otros para que la persona que está a cargo del gobierno del país se haga responsable de aquello que no está haciendo según sus funciones.

En Bucaramanga la gente se reunió pasado el medio día y caminó un largo trayecto. Yo marché primero con los sindicatos ubicados en la puerta del sol y después me uní a los estudiantes que venían de mi universidad. Me sentí orgullosa del comportamiento cívico de todas las personas que observé. No hubo un solo papel en el piso, no hubo altercados ni desórdenes. Marchamos a la plaza Luis Carlos Galán y luego nos dispersamos para caminar de retorno. Salí de allí cerca de las 6pm y este fue el ambiente en general. Diverso, respetuoso, familiar. Las barras del Atlético Bucaramanga usaron su energía y pulmones para gritarle a quien los oyera que Duque debía renunciar. Me gustó vernos compartir como una comunidad unida.

Al llegar a casa me enteré de los desmanes en Bogotá, llamé a mis allegados y confirmé que estuvieran a salvo. Vi videos en redes sociales y dos de mis amigas me confirmaron la angustia que se vivía en sus conjuntos residenciales. No sabía cómo reaccionar porque me parecía inverosímil que la situación fuera tan diferente a la que acababa de vivir con la gente de mi ciudad. En el culmen de la angustia empezaron a sonar las cacerolas en el barrio y desde el balcón hice el ruido que me fue posible para llamar a los que me rodeaban. En ese momento me enteré que Dilan Cruz había sido herido.

No he hecho parte de ninguna otra movilización porque las condiciones en las que me encuentro no me lo permiten, pero cada noche he hecho sonar mi cacerola desde el balcón frente al silencio de mis vecinos. También he seguido desde diferentes medios lo que pasa en la ciudad y en Bogotá, y he leído con miedo pero también con esperanza. He visto como los profesores de varias instituciones se han organizado y han apoyado a quienes así lo han necesitado. Por su acompañamiento a la familia de Dilan Cruz estuve pendiente de los reportes sobre su salud.

Anoche sin embargo al enterarme de la noticia de la muerte de Dylan Cruz me quise enterar en detalle de qué era lo que había pasado y cómo una persona había resultado muerta en una protesta legítima frente a un gobierno negligente.

Las imágenes de varias cámaras muestran una calle vacía con una población dispersa y un gas que cae. Se ve una persona que lo recoge y lo devuelve. Se escucha un estallido. Se ve un hombre que cae y que sangra. También hay un vídeo de las personas que corren a auxiliarle y no comprenden qué es lo que ha pasado. Qué clase de objeto le impactado pero es evidente que se le incrustó. Esto es lo que yo he visto, desde mi pantalla, desde otra ciudad y una realidad distante.

Estudié en la Universidad Nacional y en una ocasión, mientras que desde el departamento de filosofía observamos al ESMAD y a los capuchos organizarse para un enfrentamiento, un gas nos cayó a los pies. Con fuerza lo patee y salí corriendo. El gas me ahogó y el inicio de la hostilidad me espantó. Así que entiendo la reacción de mandar el gas lejos pero no entiendo por qué dispararon a un individuo de espaldas. El ministerio a dicho que fue un accidente pero las instrucciones y el protocolo de la acción del ESMAD es claro:

1. Las granadas aturdidoras o de gases lacrimógeno no pueden ser disparadas contra personas.

2. Si los manifestantes están a menos de 30 metros, estos proyectiles deben ser disparados hacia el suelo. El reglamento establece este tipo de intervención como de disparo “rastrero”.

Ahora bien, la idea fija con la que me desperté el día de hoy es una verdad evidente que no se suele contemplar cuando se habla de manera tan apresurada para juzgar situaciones de violencia. Nuestro país no tiene pena de muerte. El Estado tiene el monopolio de la fuerza y sus instituciones (como la policía y las fuerzas militares) están para salvaguardar a las personas y bienes (públicos y privados), pero en ningún caso tienen la potestad de quitarle la vida ningún otro ciudadano.

Nadie se merece la muerte según lo prescriben nuestras leyes y si hay daños contra otros o contra los bienes, se les debe llevar frente a la justicia para que sea castigado. Ni aún en situación de guerra la aniquilación de la vida de los otros está contemplada como estrategia o propósito. Esas son las leyes del país en el que estamos y yo me siento representada en sus motivaciones. El Estado y sus estructuras se caen a pedazos, es cierto, el gobierno abandona sus responsabilidades con el pueblo, pero sigo apostándole al país que queremos ser, que fue consignado en la constituyente del 91.

Espero entonces que las entidades e instituciones cumplan con su deber de protegernos y que a la familia de Dilan Cruz la rodeemos como ciudadanos empáticos. Se les ha muerto un hijo, en la mitad de una protesta legítima, estando solo y golpeado por un artefacto por la espalda. Él era un muchacho, como los muchos que salieron, que reaccionó como pudo ante una situación caótica. Él no merecía morir porque en este país, todos acordamos en proteger la vida humana.

saturación

Este año he leído más libros (de literatura, técnicos y de divulgación) que en mis años pasados. He comprado no más de 5 libros pero me han regalado una buena cantidad y además, he podido desempolvar compras de otros tiempos.

El problema es que a medida que consumo más y más texto extenso, me he vuelto un poco resistente a consumir entretenimiento light. Las series que devoraba sin medir temporadas empiezan a parecerme sosas y en menos de un capítulo ya me tienen fuera. Lo mismo me ocurre con el cine comercial que disfrutaba ritualmente cada semana.

Sin embargo, no me siento más inteligente, ni creo que sepa alguna verdad revelada. No pontifico sobre lo que leo como el culmen de la cultura o el conocimiento humano. Sólo siento que he cambiado un poco y me gusta.

Tal vez sea más difícil para mí, abandonarme frente a una pantalla un número indeterminado de horas pero, hacer de mi soledad este lugar feliz de la lectura es, sin duda, un pequeño tesoro.

¿qué se lleva? ¿qué se va? ¿qué se pierde?

La estabilidad es apenas aparente. No hay elemento o cuerpo que sea eternamente sí mismo, inmutable o innamovible. En algunos casos, el gasto energético para cambiar de fase, de forma, de lugar o de disposición es escasamente perceptible mientras que en otros, cuesta la extinción.

Les llamamos ciclos a los procesos de transformación que se observan superficialmente idénticos pero no se puede desconocer el tránsito, el movimiento, el esfuerzo, los puntos intermedios, los grises y matices. Y es que, en ese afán, logramos abstraer momentos, microsegundos, partes o fases, pero ya no son lo mismo, son lo diferente, lo otro, lo que ya no es.

La segmentación entonces permite notar que algo se ha perdido, algo ha cambiado, algo ha dejado de estar y el vacío es universal. Todos los elementos y cuerpos vamos mutando, vamos soltando, vamos perdiendo, vamos cambiando… y el vacío empieza a ser esa aparente estabilidad.

30 años

I

Nací en el otoño de una ciudad caliente del trópico, en uno de los años más históricamente convulsionados.

Nací de una madre madura, en una familia consolidada en la tradición y los valores católicos.

Nací frágil y prematura pero con una existencia perseverante.

Nací rodeada de angustia y amor, repartido en partes iguales y desbordantes.

Nací hembra, del género humano, de piel clara, cabellos negros, sin el desarrollo fetal completo.

II

Regordeta y caprichosa.

Perspicaz y curiosa.

Atrevida e imponente.

Pelionera y traviesa.

Intrépida y temeraria.

Problemática y grosera.

 

Así, más o menos, me describieron hasta los quince años.

III

Descubrí que estaba sola cuando cada uno de los grupos al interior de mi colegio empezaron a participar de las tradicionales fiestas de quinceañeras. Mi espíritu melancólico se había despertado desde temprana edad pero, probablemente, en este momento empecé a disfrutarlo. La literatura y la escritura en entornos virtuales me permitieron ponerle palabras a quien era y me permitieron encajar como outsider.

Descubrí que me gustaba la intimidad amorosa con las mujeres y que tenía la facultad de amar y ser amada. Los vínculos se fueron fortaleciendo y fui aprendiendo a cuidar y a pensar en el otro. Mis amistades empezaron a ser fundamentales y mi vida se enriqueció.

IV

El mundo fuera de mi comodidad me aplastó.

Sentí el dolor con gran intensidad y creí que me vencería.

Quise rendirme y me rendí de algún modo.

He llorado inmóvil la pérdida y la caída del ideal.

V

La vida sigue pasando mientras escribo estas palabras. Escribo porque me gusta dejar marcas de mí en pedacitos de texto encriptados, entre líneas, entre recortes.

Hoy me quise celebra haber llegado hasta aquí, haber sobrevivido.

Estoy aprendiendo a mantener la vida, a cuidarla y a honrarla.

Estoy aprendiendo… en presente continuo.

 

crujir

En ocasiones me recuerdo en mi infancia tardía y en mi adolescencia, cuando me acostaba sobre el piso a escuchar como crujía la estructura del edificio. Recuerdo también como jugaba a pararme de manos y a dar botes en los sofás y en la cama de mis padres.

Me gustaba mucho los programas de televisión que retaban los límites físicos de las personas mientras se intercalaban con pruebas de agilidad mental. Siempre creí que en algún momento de mi historia haría algo semejante.

A veces cuando paso por los centros de acondicionamiento de crossfit pienso que esa sería la versión más a fin con mis anhelos infantiles y de mi ocio activo. Los veo en sus ejercicios mixtos y en los esfuerzos que realizan para mejorar en cada rutina, pero pienso que tal vez esa persona ya no soy yo.

Disfruto tanto de recostarme en el piso o en la alfombra y respirar. Me gusta estirar mi cuerpo y despertar la sensibilidad de cada mínima parte de mi cuerpo. A través de los masajes y los estiramientos escucho esos sonidos internos que me hace recordar aquel crujir estructural.

no escribo poemas

A pesar de las últimas entradas, quiero dejar por escrito y ante ustedes, mi público imaginario, que yo no escribo poemas.

Escribo pedacitos que no alcanzan a hacer oraciones, ni mucho menos ideas. Escribo por ello en líneas entre cortadas, porque el pensamiento no me alcanza para completar el verbo, el sujeto y el predicado. Así que vuelvo a mis juegos infantiles, a recitarme lo que escribo en voz alta esperando que de algún modo se produzca una tonada.

No escribo poemas y no quisiera que tomaran mis escritos como tal. No sé escribir poemas, pero escribo porque nunca aprendí a cantar.

Es una exageración

Cargo una maleta con cinco vestidos,

tres pantalones,

dos leggins,

una sudadera,

dos camisas manga larga,

dos blusas,

dos chaquetas,

siete conjuntos de ropa interior,

ocho pares de medias,

una pañoleta,

una pijama,

dos pares de zapatos

y dos bolsos.

Es una exageración por el esfuerzo,
por el peso,
y por el precio que tendría que pagar
si la sobrecargo me mira a los ojos y me pregunta
¿cuánto pesa su maleta?

[soltar]

va y viene el dolor

la frustración

la rabia

la desesperación

van y viene los pensamientos

los recuerdos

los planes

los conceptos

la vida sigue pasando

sigue doliendo

… y sinceramente, a veces, quisiera soltar.

Conversaciones de cafetería (2)

Así que siendo consecuente con lo que hablamos, empezamos a pensar en Bucaramanga y las elecciones locales.

Los candidatos más nombrados son abiertamente señalados de todo tipo de sospecha de corrupción, no sólo por los medios sino por los ciudadanos. Se reconoce que son corruptos, se reconocen su vinculación con desfalcos y manipulación en los contratos oficiales. Se pueden nombrar a sus amigos en las entidades del Estado e incluso los vínculos con grupos armados al margen de la ley.

La pregunta legítima es ¿por qué los vamos a elegir? ¿por qué si parece que tenemos muchos y muy buenos argumentos para no fiarnos de ellos, son en cambio los candidatos más factibles de ocupar los cargos de elección popular?

En nuestra historia más reciente, tuvimos un alcalde polémico pero no alineado con los partidos tradicionales y por ende, un concejo que no logró validar las decisiones y planes de su gobierno. Muchos críticos acusaban de legítimos los desacuerdos entre estas dos partes y un sector amplio de la población reconocía que el problema era la repartición preferente en la contratación pública, que se vio obstaculizada por el alcalde. Así que, en medio de esta tensión, quedó una ciudad que fue manejada, en su mayoría de los casos, a través de decisiones de corto alcance y unipersonales.

No creo que nada de lo que ocurrió fuera deseable pero debo reconocer que dadas las condiciones adversas de negociación, me reconozco como simpatizante de la gestión del alcalde. Pues como parte de una institución ubicada en la periferia de la ciudad, con población vulnerable a mi al rededor, puedo reconocer que el enfoque de atención hacia la población de este sector socio-económicamente deprimido, ha sido prioritario y lo celebro. Hay sin embargo, situaciones que desdicen de la administración, como la intervención sobre el acueducto metropolitano y la persecución del movimiento sindical. Y estas, son sólo algunas de las cosas que estoy tomando en cuenta, pero muchas de las iniciativas del alcalde fueron polémicas en varios sectores de la población.

Así que ahora, frente al proceso de elección tenemos a unos ciudadanos que tuvieron que hacer parte activa de discusiones políticas durante los últimos años y (creo) están agotados.Y ante una paleta amplia de opciones, auguro que se irán por el “malo conocido” representante de los partidos tradicionales y señalado ampliamente por su intervención en contrataciones públicas.

Así que, cuando he escuchando más de un discurso en reuniones políticas pude reconocer el problema.  El caballito de batalla de los candidatos es siempre el mismo: dejemos de improvisar, hagamos alianzas. Lo deseable se presenta como el retorno al ejercicio político tradicional, en manos de los partidos y con sus figuras visiblemente cuestionables porque de esta manera mis conciudadanos, pueden dejar de vincularse a los procesos políticos tediosos (como la crítica) aunque esto le genere un prejuicio de amplio espectro pero que no los confronta directamente. Y aunque entiendo por qué esto le resulta deseable para los demás, me siento profundamente impedida a votar en contra de mis juicios morales (y mis prejuicios).

 

Conversaciones de cafetería (1)

Hace unos días hablaba con un amigo sobre algunas apreciaciones sobre el vídeo de Ernesto Castro, pero más allá de discutir el tema principal (el buenismo/ materialismo filosófico), nuestra reflexión estaba en varios de los comentarios tangenciales de la construcción del argumento.

Por ejemplo, hablamos de la filosofía colombiana y la estructura de la academia colombiana de filosofía de nuestros días (que no digo ya contemporánea porque creo que esa palabra está muy desdibujada). Él me contaba que se había puesto en la tarea de ver los vídeos del canal de CorpoZuleta y del Centro de Estudios Estanislao Zuleta pero que sinceramente no le gustaban. Le conté entonces que, incluso antes de entrar a estudiar formalmente a la UNAL, ya había leído a Zuleta y a Fernando Gonzalez, y que en mi momento los aprecié tanto que, los reconozco como fuente de inspiración para encauzarme en el estudio de la filosofía. También le conté de haber conocido sobre los Escolios de Nicolás Gómez Ávila y de los esfuerzos que hay al interior de la Universidad Javeriana sobre su obra, así como algunos datos relevantes que recordaba sobre la fundación de las escuelas de filosofía en las universidades bogotanas. Además, ¿cómo omitir el hecho de que fue por Guillermo Hoyos que Mónica Jaramillo llegara al nacimiento de la escuela de filosofía de la UIS?

Pero más allá del anecdotario, la cuestión que intentábamos formular es la poca o casi nula atención que existe por parte de las comunidades filosóficas locales para abordar el tema de Colombia. Así que, nos quedó rondando la idea de la urgencia del análisis de lo que nos pasa de manera más inmediata.

Por encima, mi amigo formuló “la segunda venida del maniqueísmo” para referirse a lo que se ha hablado mundialmente como el renacimiento o fortalecimiento de una derecha radical. En nuestro caso, lo que los medios de comunicación llaman burdamente como “polarización”. Mi hipótesis para explicar el fenómeno es que, la inclusión de la tecnología nos ha complejizado de tal forma la vida que, ante el crecimiento exponencial de múltiples variables, nos resulta más cómodo simplificar. Por ello, los términos grises del espectro terminan por extremarse para reducir la necesidad de pensar en ello.