tap, tip, tap

sólo se escucha el golpetear de las teclas

vacío

La pérdida como vacío carcome más intensamente que la gangrena
primero te hacen falta los gestos, que como el roce, parecen imperceptibles
luego vienen los silencios, que van llenándolo todo en atronadoras rupturas
después, la distancia insalvable que te aísla con lo peor de la persona que eres.

Y así te caes, a pedazos, como el puente Chirijara.

Creyendo que un día llegarías al otro lado,
que el vacío no podría contigo,
que eras lo suficientemente sólida.

Pero no fue así,

Primero fueron los dedos que palparon,
luego, los lóbulos sordos
después las piernas que te dejaron donde estás

con la piel hecha jirones
con el corazón en pedacitos
y el vacío consumiéndoselo todo.

pequeña colección de insignificancias

fútil pandemia
de solitario encierro
donde sólo quedan días vacíos

memoria en sangre
que conserva la mezcla
del dolor sordo

alma bella cansada
en la reuncia
genera nueva vida

nacimiento de la pequeña dictadora

tecleas con una pasión desconocida
sobre las musas, los fantamas y los monstruos que te habitan
todos vienen y danzan en las palabras que brotan
creas árboles y amores
destruyes pequeños imperios y conquistas
Te vuelves diosa de ti misma
creadora de un mundo insospechado
y de repente, con las hojas en las manos
un bofetón te lo recuerda,
tienes sólo diez años:
déjate de idioteces.

A veces siento que alimento algo

tal vez a un monstruo que en las noches me devora

a veces a la esperanza que entre mis plantas florece y se renueva

Pequeñas intermitencias de presencias silenciosas de las que supone que no hay registro

Mensajes en clave que se revelan a sus ojos y le hablan al corazón

Pero lo cierto es que es vacío, es silencio, es ausencia, es un no-ser desnudo y claro.

Así que acá sigo

tecleando

poniéndole palabras

lanzándole botellas al vacío

no se quiebran porque nunca caen

no se leen porque nunca se abren

no se responden porque sus palabras hieren

y en el mismo momento, todo muere.

cuarentena: sospecha (I)

A dos o tres semanas del inicio de la cuarentena, mi papá empacó una porción del mercado que había preparado y se fue a vivir en su parcela de un cuarto de hectárea. Las primeras dos semanas allá, estuvo de muy buen ánimo. Plantó, cocinó, arregló y se deleitó entre el verde y el silencio de su imperio. Pero luego dejó de mandarnos mensajes de whatsapp y llamar, y al par de días, recibimos la llamada de un vecino de una finca cercana. El viejo llevaba tres días sin comer, con fiebres y al intentar subirse a la camioneta se desvaneció. El vecino llamó a mi hermano para que fuera por él.

El miedo de la fragilidad de un hombre que siempre se ha descrito a sí mismo como un roble, fue un duro golpe. Lo vió un médico de inmediato y le diagnosticó un dengue. Llegó a la casa de mis tías y fue cuidado por ellas. A la semana, él se autodiagnosticó la mejoría absoluta y salió a un trabajo de ocasión que le ofrecieron, pero tres días más tarde, la fiebre volvió e inició la dificultad respiratoria.

Mi tía lo llevó a urgencias y de allí lo mandaron para una cita prioritaria. Logré interceptarlos al salir de la consulta. Le tomarón una radiografía a sus pulmones y volvimos para que la doctora evaluara las imágenes. Le tomó la temperatura y sus 39.5 la asustaron lo suficiente como para radicar la sospecha de contagio frente a las instituciones. Nos mandaron a casa y nos recetaron cuarentena rigurosa para todos.

Al día siguiente, vinieron los astronautas y le introdujeron palos por la nariz y en la garganta, para buscar en él el maligno virus. Yo me vine a vivir con ellos para mediar entre los tres pensionados y sus opiniones. Le chequeaba la temperatura con el rigor de cada dos horas y vigilaba la ingesta de pastillas. La fiebre iba y venía pero su ánimo y apetito se fue recobrando.

Ayer tuvimos el resultado negativo para COVID19 y el bálsamo de la certeza lo ha terminado de aliviar

Yo me escribo esto para recordar los días de angustia y alegría, de volver a la casa de mi infancia, de compartir con unas de las personas más entrañables de mi vida y de compartir con ellas la fragilidad con buen humor.

El virus sigue rondando y bueno, nosotros seguimos vivos.

cuarentena: tercera persona, singular, femenina

Aumentaron las publicaciones en instagram de creaciones culinarias. Algunos intelectuales se decantaron por versiones diversas de pan: pan integral, pan de almendras, pan de banano, pan de uvas pasas y semillas de chía. Otras personas que buscaban el placer, se inclinaron por la diversidad que ofrecen los postres en sus múltiples versiones pero, al parecer, la opción más cercana a la cultura popular colombiana y cercana a su vez, a la renovada pulsión de hornear, fue la torta de ahuyama.

Tanto restaurantes, pasteleros y personas inquietas de las artes culinarias, empezaron a presentar en las redes sociales sus versiones de preparación de este postre tradicional. Hay más de 1000 publicaciones con el hashtag #tortadeahuyama o #tortadeauyama en la plataforma de instagram. Las recetas están bastante lejos de llegar a ser estandarizadas: unas agregan uvas pasas envinadas, otras semillas de amapola y algunas personas más puristas se abstienen de incluir cualquier tipo de aditivos. Hay también quienes diversifican los endulzantes que van desde la panela, el azúcar blanca, la estevia y algunos con tonalidades de vainilla.

Si con los ingredientes hay tantas opciones, resulta desconscertante para la persona no iniciada, la cantidad de instrucciones sobre el orden y cantidades de ingredientes, así como los tiempos e intensidad de horneado.

Una primera ahuyama llegó en el mercado de la segunda semana, pese a su ausencia en la lista de compra. Era un fragmento de una ahuyama de gran tamaño y se encontraba envuelta en vinipel sobre una bandeja de icopor. Era de un color naranja intenso, más fuerte que el color del zapote. Se veía dulce y jugosa a pesar de su dureza. Pasó la semana y no hubo ningún otro ingrediente de la torta disponible. El fragmento se fue deteriorando paulatinamente en el refrigerador y para la tercera semana de habitar en él, fue reducida a menos de la mitad del tamaño con el que había llegado. Le salieron manchas esféricas en diferentes lugares de la superficie, pero al interior eran conquistas esféricas de microorganismos. A la cuarta o quinta semana terminó en la basura porque del fragmento de ahuyama ya no quedaba nada que pudiese ser aprovechable, ni en una torta de ahuyama, ni en nada.

La semana siguiente llegó una ahuyama completa en el mercado, de nuevo sin ser incluída. Era pequeña para el tamaño regular de las ahuyamas (gigantes). No era redonda pero tampoco completamente alargada. Era como un gran pepino con una esfera del doble de su diametro, en una punta. Estuvo íntegramente guardada en la nevera por dos semanas. A la tercera semana fue cercenada por la parte angosta para completar una sopa de verduras un día y al siguiente, una sopa de apio. Luego, en un afán de ser conservada se dividió en dos partes para que pudiera ser guardada en un tazón plástico con tapa. Pasó una semana más, dentro del tazón, dentro de la nevera.

Se le retira a la ahuyama su corteza. Se pica en rebanadas, que a su vez son picadas en trozos. Se ponen los trozos de ahuyama a hervir con agua por un tiempo, determinado según la prueba del tenedor, que consiste en punzar múltiples trozos con mínima resistencia. Se cuelan los trozos de ahuyama y se descarta todo el agua del cocimiento. Se adiciona azúcar a una barra de mantequilla y se empieza a mezclar con un ayudante de cocina multipropósito averiado. Se incluyen en la mezcla los trozos cocidos de ahuyama. Se trituran, se compactan, se diluyen y se transforman en una masa al adicionar una taza de harina y un huevo. Se mezcla la masa consigo misma muchas veces, a diferentes ritmos, en diferentes profundidades. Se mezcla la mezcla y se adquiere un espesor uniforme. Las refractarias de vidrio de diferente forma son acondicionadas en su interior con la mantequilla residual del envoltorio de la barra. Se vierte la mezcla en los recipientes mientras el horno empieza a calentarse a lo que aparentemente es 190º. Se introducen los recipientes llenos a la mitad de masa, en el interior de un horno caliente. Pasa una hora y la masa sigue con su consistencia blanda en el interior. Pasan 10 minutos y la situación es la misma. Pasan 20 minutos y nada cambia. Pasan 30 minutos y no hay modificación alguna del estado al interior, aunque empieza a ser palpable la esponjosidad de las superficies. Se aumenta la temperatura a 200º y luego de 15 minutos se apaga el horno con una torta de ahuyama recién constituida.

cuarentena: segunda persona, singular

no te escribo y casi ni te nombro. no te imagino y procuro no pensar en ti.

pero estás aquí, todo el tiempo. mis palabras están hechas para ti. mis mensajes no son sólo la válvula de escape de la presión que parece agitarme. este medio y mensaje, fueron diseñados para que a través de ellos nos conectarmos, sin conocernos, sin hablar.

me lees y nunca comentas. te llevas pedacitos de mis pensamientos y emociones. no lo sabes, pero empiezan a habitarte.

no sabía cómo decirte que no estás solo, que aquí estoy, que cuentas conmigo, auque esté rota, aunque no sepa muchas cosas. Me esfuerzo en ponerle adjetivos y verbos a lo que me tienen sujeto.

Tú, que lees, te siento conmigo, estoy para ti, estoy contigo.

cuarentena: primera persona, plural, femenina

Cada una en su cama, despertamos temprano. Ella activa su celular y juega, o escucha la radio. Yo desde mi cuarto la escucho. Sigo muda e impasible. Siento que jugamos a ver cuál de las dos resiste más. Ella a resistirse al impulso vital de moverse y yo a mi impulso vital de quedarme absolutamente quieta, hasta que las circunstancias, o alguna de las dos, se impone. Claro, siempre pierdo.

Con una perezosa ternura la abrazo, le digo que la quiero y le digo que no quiero moverme.  Ella enumera las obligaciones del día y yo agacho mi cabeza y me pongo a ello. Algunos días con empeño, otros días con tristeza. Voy y miro detalladamente cada una de mis plantas, no sé si sea un saludo o una mera inspección. Busco pequeños milagros. Una hoja nueva, un pequeño brote, la quemadura en el filo de una hoja, cualquier cosa, y todo, me alimenta. Desayunamos y nos contamos los sueños vívidos que hemos empezado a experimentar estos días, otros días me cuenta las películas que ve en medio de su insomnio o pedazos de la novela que durmió por momentos. Yo casi nunca hablo, no en la mesa, no a esa hora. He aprendido que mis pensamientos o mis lecturas la aterran y he empezado a evitarle esa angustia. A veces se me salen comentarios y le doy explicaciones de por qué he llegado o han llegado a determinadas conclusiones. Casi siempre me manda a callar y a que sea más optimista o que por favor abandone mis lecturas. Siempre sonrío y le digo que está bien, que mis lecturas no me hacen daño, que el mundo está irremediablemente roto y que no creo que yo lo vaya a cambiar y por eso no me pesa en los hombros. A veces estas conversaciones también se dan en el almuerzo o en la cena. A veces vemos las noticias sin comentarlas.

Nos turnamos la cocina y el aseo. Una semana ella, una semana yo. Ella tiene opiniones sobre cómo hacer adecuadamente casi todas las cosas, como casi todas las personas. Yo he ido probando técnicas y consejos de diferentes fuentes pero muy escasamente escuchándola y atendiéndola a ella. Hay una gran discrepancia en formas, en modos de ser y de hacer. En los intermedios de las comidas hay una fuerte tensión entre lo que hago y ella reprueba, juzga o comenta. Me han agobiado un poco sus palabras, pero muchas semanas después, sus comentarios disminuyen en intensidad y yo he cedido ante sus formas de hacer las cosas. El último mercado lo hizo pensando en mí, en mis gustos e intereses. La última semana le cociné a su manera sus platos predilectos. No creo que nos hayamos conciliado, pero ciertamente aprendimos a amarnos en esas discrepancias, dándoles espacio y valor.

En las tardes y en las noches, vienen a nosotras el tiempo del ocio y de la angustia. Ella lee los mensajes de sus grupos de whatsapp, ve los vídeos de facebook y empieza a maquinar temores: el futuro, las deudas, la vida. Al otro lado, estoy yo, acostada en el sofá leyendo sobre la historia del neoliberalismo lationamericano, sobre los procesos cognitivos humanos y una que otra novelita de ocasión. Yo me exalto o me duermo, ella se angustia. Hasta que empieza en la televisión sus programas preferidos. Unas veces la acompaño, otros días siento que no puedo perder de esa manera mi tiempo, sin embargo cada cierto tiempo ella grita: “mire lo que dice” “qué tal lo que pasó” “¡esto es increíble!”. Quisiera no ceder y no ir a ver el programa, pero no es la pantalla lo que me llama, es ella. Compartir es eso, que para una persona es importante y te da parte de su emoción con lo que te transmite.

Al final del día, ella duerme sus programas y yo me retiro a mi cuarto. Cierro la puerta y vuelvo a mis lecturas, hasta que mis ojos me pesan, hasta que la nostalgia me ataque, hasta que la cama tibia me lleva al día después.

cuarentena: primera persona, singular, neutro (no binario)

me ha costado sentir una estabilidad en mi vida. nada permanece. por eso ante la posibilidad de detener por un tiempo el mundo y sus vaivenes, me sentí emocionada por disminuir de algún modo aquella variabilidad de los factores vitales. me soñé con las condiciones adecuadas para conseguir aplicarme a las rutinas y construir mi pequeño reino de consistencia, pero no fue así.

La primera semana los horarios no funicionaron, la segunda mis ciclos de sueño se distorcionaron, la tercera mi ánimo se derrumbó estrepitosamente. No conseguí ninguna de las cosas propuestas conmigo misma. No me bañé cada día, no leí lo que me había agendado, ni escribí las páginas que pretendía. Los días se me escurrieron en las manos y no supe en qué, pero seguía viva y me contenté con ello.

Ya en la cuarta semana empezó la fluctuación como constante. Voy y trabajo un par de horas, un par de días. Voy y cuido de otros, trabajo por mí y por ellos. Nunca son los mismos días, ni las mismas horas, ni los mismos trabajos. Me he visto a mi misma enfrentarme al terror que me producía conducir, al tedio de tener que lavar lo que está (se ve) limpio, la alegría de saberme sola y en silencio. Todo en lapsos irregulares. Así que opero en automático, procuro no pensar, no sentir, no ver, no escuchar… por eso me ha costado tanto hablar, y en este caso, escribir.

El silencio ha sido tan escaso en estos días que me siento profanándolo si emito cualquier gesto. Así que me he medido, incluso en los gestos con los que me comunico con mis plantas. No tengo un retorno a mi interior, ni un desdoblamiento de mis pensamientos. Soy un vacío que goza de sí mismo cuando la luz y el viento le habitan.

presente (¿continuo?)

el mundo como lo conociamos ya no existe. ya no hay manera de volver atrás. estamos pasando por un trauma colectivo, un dolor, una herida. no podemos calcular cuánto tiempo tome o su efecto, pero frente a nosotros lo conocido empieza a parecer irreal.