tap, tip, tap

en esta casa de 7 paredes sólo se escucha el golpetear de las teclas, mientras el gato duerme

Mes: noviembre, 2011

Fotografías

Vuelvo recurrentemente a las imágenes del pasado que no recuerdo cuando, en días como hoy, afuera llueve y dentro la tormenta condena a todos sus ocupantes a morir.

¿Cuántos años tenía cuando quise correr de casa la primera vez? ¿Cuándo me puse el traje de la cordialidad para una fiesta de la que no tenía invitación? ¿Eran esos mis ojos, los que sonreían ante una propuesta de cama? ¿Cuándo empecé a ser ‘tan yo’ que el pasado lo dejé de lado?

Crecí en un ambiente poco recomendable para un infante, para un niño, para un adolescente y hasta para cualquier adulto con cordura. Crecí porque no había opciones, porque quejarse o llorar no eran alternativas ante tanto sufrimiento al rededor. En mi casa, la cara dura era la ternura que se podía dar y recibir. El amor una olleta de agua caliente en la madrugada para ir a estudiar ante la fobia de un asmático que no soporta ni siquiera el agua. La misericordia un plato de comida fría cuando los gritos y llantos en el cuarto de al lado no cesan.

Mi sociabilidad es un silencio profundo y una mueca que simula una sonrisa. Siempre digo sí porque el no siempre me ha costado más a mí que al que escucha la negación. Y justifico cada una de mis oraciones para que el que lee entienda que esto no es una cuestión de representación o articulación de máscaras.

Cuando me despierto no pienso, cuando me acuesto el sonido de los Simpsons me arrulla. Me gusta ver que Dexter se pregunte cómo cargar con ese ‘pasajero oscuro’ y como los juicios morales se llevan al límite. Recuerdo gestos y ningún rostro. Me enamoran las miradas y pocas veces me he enfrentado al dilema de no tener qué decir. Guardo verdadero silencio casi siempre aunque mi boca hable tanta mierda.

Me enfrento hoy al reto de escribir cerca de cuatro páginas para alguien que no me mira con buenos ojos y busco en las imágenes de mi pasado en qué momento cambió tanto mi mirada que alguien pueda sólo odiarme porque sí. La admiración siempre alimento mi ego y mi ego las barreras para protegerme, para distinguirme, para ser un poco más ‘normal’. Me derrumbo. Al final terminé siendo mortal.

Tiempo, ¿se trata de eso?

¿Cuán irresponsable es estar escribiendo esto a esta hora? No lo sé. No me gusta reconocer que no alcanzo a tener el control sobre mis impulsos. Paso noches en vela mirando a la nada y despierto a días laborales lo suficientemente cansada como para tirar la tolla repetidamente en mi imaginación.

Me gustaría trabajar sin pensar que el tiempo no me alcanza. Y estudiar para dormir una noche en paz. El dinero no lo jodió todo, fue la avaricia por querer tenerlo todo a la vez. Un trabajo, una carrera, una novia y unos amigos. La vida se me hace corta, ínfima y el tiempo se come los meses sin que me percate de ello.

Si tuviera la oportunidad de pedir algo al genio maligno, le pediría tiempo; a Dios sabiduría; a mi madre disciplina. Hoy me lamento de mi rebeldía infantil que nunca me enseñó a hacer tareas, a seguir instrucciones ni a pedir ayuda a tiempo. Aprendí precozmente que aprendes por tu cuenta y ahora no cuento con lo suficiente para demostrar lo que puedo llegar a aprender. La vida no es de una vez por todas y aún así, me acompleja no tener una tesis lista para cuando llegue el momento.

Hoy no escribí lo que necesitaba ni leí todo lo que debía; amé, eso sí, aunque no sé si lo suficiente para sanar esta insoportable desazón en la que me encuentro.

Amigo

Joan es de esas personas que uno no entiende. La estrechez mental no te deja ver lo que está ante tus ojos. Joan es un chico que sonríe más de lo que uno quisiera, alguien a quien no puedes derrotar facilmente. Nunca pude quitarme de mi mente la mirada triste y las lágrimas que luchaban por no salir. Joan me abrazó cuando jugaba a ser fuerte y peleó por mí muchas más batallas de las que yo fui capaz de aceptar.

―¡Quiero estar sola! ¿no lo entiendes?― y le cerré la puerta con toda la fuerza que no tenía.

―Vamos a caminar, tengo chocolates en mi chaqueta.

Así de fácil me dejo seducir por él, y aún así, lo alejo a patadas cada vez que está cerca. No sé tener amigos porque nunca me di cuenta de cómo era tener alguno. La confianza en el otro no es ni siquiera el problema.

Ellos ni siquiera se dan cuenta de nuestra existencia

Se sentó a mi lado una noche sin luna, en una montaña de tierra para hacerme entender que el tiempo no era sólo una soga. Me preguntó mi nombre dos veces y no lo olvidó hasta ahora.

Un día estaremos en París con aguaceros y nos sentaremos en una mesa como esta. Tendrás tantos años en los ojos y medio pulmón podrido por tu maña de no dejar de fumar cuando hablas. Estaremos sentados el uno frente al otro, como ahora, pero tu nombre resonará y yo habré logrado grandes avances en la ciencia.

El problema de confianza mi buen amigo, es el problema de confiar en mí. Nunca supe muy bien qué viste en mis ojos, en mi historia y en las palabras que decía apresuradamente para deslumbrarte. El problema es que nunca tuve un amigo porque no quería cargar con el peso de romperle el corazón a alguien, de fallarle o de simplemente olvidar.

Las historias, tuya y mía, se han re-escrito tantas veces que no sé si se volverán a cruzar; no sé si en tu guión aún figura mi nombre o si sería capaz de revivir a quien a consciencia maté de a poco. No me he rendido, es lo único que puedo decirte. Mis batallas no han sido fáciles y aún sigo en combate. La fuerza me falla y el alma se desvanece, pero entendí a las patadas a conocer a mi enemigo y hoy por lo menos soy capaz de mirarlo a los ojos cuando me miro en el espejo.

Gracias por enseñarme de las cosas importantes tanto y de las esenciales casi todo. Te escribo sólo para que sepas que no he muerto y que mi memoria aún falla.

Te quiero,