¿Qué falta?

Esta semana me he estado moviendo de un lado al otro con la desesperación como compás. El tiempo no es nunca suficiente para todas las responsabilidades y parámetros que me pongo. Mi trabajo fue sólo el intento de un ahogado por sacar la cara y gritar, aunque el agua le sumergiera aún más, hasta el fondo. Esta semana nada se ha definido y yo veo el futuro con tan negros ojos como los que ví en el pasado.

La pregunta no cesa. Me acosa en cada instante de mi consciente vida. No aspiro a la perfección más de lo que se aspira a la felicidad, es sólo que, el trazado imaginario de las posibilidades factuales que rechazo ‘a conciencia’ me golpean en la cara como una puerta giratoria. La lista de mis negaciones e imposibilidades no es tan abrumadora. Reconozco la soledad como determinación ontológica, he estado circunscrita en el sufrimiento y siempre he sido marcada con tantos rótulos negativos que el refugio soporta hasta un ataque nuclear. Lo que falta no está afuera.

Mirarme al espejo en la mañana es reconocer el vacío de mis ojos, la fugacidad de mi vida y la pesadez del despertar obligatorio. Adentro hay tan pocas razones para casi todo que ante las preguntas que me interpelan prefiero evadir al interlocutor, como a mi misma.

Las excusas no son justificativas. No hago muchas cosas porque no quiero, porque he hecho tanto de lo que otros piden, que de a poco olvidé que era lo que verdaderamente quería.

Me cuesta entender cómo funcionan las cosas, cómo funciona el mundo y cómo funciona o deberían funcionar las personas. Pero ayer, quizá encontré una pista… todo está dado en progresiones. El tiempo no da espera, pero quizá la vida sí (un poco).