tap, tip, tap

en esta casa de 7 paredes sólo se escucha el golpetear de las teclas, mientras el gato duerme

Mes: septiembre, 2012

Pesimismo

Suelo quejarme de todo o casi todo a lo que me refiero, y casi de manera inmediata busco el lado positivo de tan ensombrecida imagen que dibujo. Cuando lo expreso verbalmente sonrío para que nadie me crea todo lo que estoy diciendo y en el fondo para tampoco créemelo yo. Racionales, me parecen los argumentos que sostienen cada una de las aseveraciones y sin embargo llamo a mi ‘parte no racional’ a que me ayude a sobrellevar ese intrincado laberinto en el que me meto a cuenta propia.

Y así que me arrepiento de haber sido ‘tan racional’ para salir corriendo de lo que no entendía o no supe manejar.

Cada mañana, empiezo el día auto-convenciéndome de tener ‘una vida deseable’, ‘de ser fiel a los principios y metas que me he propuesto’ y antes de pensar en el tercer objetivo vital, arranco a llorar en la ducha. La sonrisa sin espejo no funciona.

Miro al piso y salgo de allí.

Resentimiento

Náuseas en un clase a la que asistí sin releer lo que había leído para la clase equivocada. Náuseas al darme cuenta que lo que decían esas líneas que había leído sin atención también hablaban de mi. Náuseas  que conocía de hace tiempo atrás y que sólo con un cigarrillo evito vomitar.

Nuna elegí ser víctima pero elegí como ver a mi victimario, nunca lo ví como tal. O sí, pero los valores cristianos que desdibujo en mi mente traslaparon los papeles y no supe muy bien cómo pero el verdugo no me dejó en paz. Hasta hoy.

Mi madre me enseñó a sufrir en silencio, a padecer hacia adentro y a no juzgar a nadie, incluso al que ejerce daño contra uno. El resentimiento era malo por definición y del daño que se recibía sólo quedaba la lección, pero para uno. El otro por su parte ya tendría  en su fuero interno que vérselas consigo mismo para aprender. 

Y fue así, y ha sido así, que nunca me permití exigir justicia o un equilibrio en la situaciones. Sólo evaluaba lo que a  mi rango de acción correspondía y padecía bajo las máximas que me fueron inculcadas. Pero hoy cuando me di cuenta que ser humano es sentirse también un poco digno y que sentirse lastimado también es sentir que otro no debería haberlo hecho, con pretensión de que éste (y no uno mismo) repare el daño, respiré. Porque una cosa es creer en la autonomía y en la autoconciencia de la gente, pero otra, muy distinta, es dejar que una idea trascendental sea aquello que justifique el silencio ante el daño. 

¿Cómo pedir esa reparación? Aún no lo entiendo muy bien pero hay que pedirla, aunque sea para que las náuseas no le vengan a uno en plena clase en la que uno no ha leído muy bien, pero quiere entender.