tap, tip, tap

en esta casa de 7 paredes sólo se escucha el golpetear de las teclas, mientras el gato duerme

Mes: mayo, 2013

Prólogo para un breve tratado de autodeterminación

A mis quince años aún no me había enamorado, tampoco creía que alguna persona pudiese ser digna de estima. “Cada cual hace lo que le corresponde hacer”. El plan era perfecto: yo debía hacer lo que me correspondía hacer en la vida. ¿Qué? No lo sabía, pero no importaba, lo sabría en el momento en el que las cosas fueran ocurriendo. Pero las cosas fueron ocurriendo y algunas veces la baraja no me daba muchas opciones. Decisiones difíciles de tomar y ya no supe qué era lo que debía hacer. Se me fueron desdibujando mis criterios para darle paso a los criterios de otras personas sin darme cuenta. Fue importante ser otra persona diferente de mi para recibir la aprobación de otros. Fui encajando de algún modo inconsciente, contrario a lo que era el paradigma de toda mi vida. Siempre cargué con un signo de contradicción que ya no funciona cuando la gente estaba en sintonía con mis ideas. Aquello era extraño. Me inmiscuí entonces en la vida que había soñado pero dejando de soñarla. Empecé a construir a partir de lo que se suponía desde afuera. Respondía y respondía sin preguntar. Hablaba y hablaba sin escucharme. Un día, me reventé. Otro día lloré. Otro día, ya no me levanté de la cama. El peso de  una vida que no es propia termina por destruir a quien la carga, le aplasta y le reduce a nada. Basura aplastada. Miseria.

Por eso hoy escribo estas cosas. Porque la vida no puede seguir estando afuera. La vida no son unos zapatos ni un diploma. No es la palmadita en la espalda diciendo que lo hiciste bien o que aquello no importa. La vida, la verdadera vida, son los contenidos que autodeterminamos. Así que la tarea aún está por hacer. La dejé pendiente hace ya tanto tiempo que olvidé muchas de las cosas que había considerado importantes. Lo bueno es que la experiencia me ha enriquecido con contenidos positivos y negativos que el proyecto puede ser más acertado que hace 8 años.

Hay que tomarse el tiempo para saber qué persona se quiere ser y hay que tomarse el tiempo restante para hacerlo posible. Pero todo, todo, escuchando… escuchando más adentro que afuera, sin perder de vista que es afuera donde somos. Las acciones no nos determinan, son las decisiones que nos llevan a la acción, las expresan lo que somos.

Anuncios

La felicidad que cabe en un día

Por primera vez le activé la opción a la alarma del celular para que me preguntara el ánimo con el que despierto. Anoché volví a dormirme tarde y en consecuencia me levanté con mucho sueño y poca energía. Las opciones no son amplias: Feliz, triste o indiferente. Triste puse como el estado más cercano a mi somnoliento y perezoso despertar; y al pulsar aquella simbolización del fracaso anunciado, sólo pude hacer algun gesto de mi propia incomodidad.

No me bañé porque aquello carecía de importancia. Ya era tarde, tenía sueño y mi profesor debía estar entrando al salón mientras me amarraba los cordones. Efectivamente iba tarde. No hubo desayuno. Algún par de idiotas me cerraron en la vía y mis audífonos no funcionaban. ¡Jueputa! le grite a alguno cuando tuve oportunidad (sin que éste lo escuchara probablemente). Llegué a un tema que no había visto y mis compañeros entregaron un taller que yo no tenía idea que debía hacer. Así que, hasta este punto nada podía ser peor. Pedí mi parcial para corroborar que -como a todos me había ido mal- y queriedo sumarle una razón más para no haber salido de casa. Pasé. Sólo tres personas pasaron y yo fui una de ellas. Me animé a pedir excusas por mi retraso y me comprometí a entregar los talleres pendientes. Pasé. Tengo hambre. Entro a la otra clase. Pasé. Sigo repitíendomelo como si lo hiciese más verdadero. Pasé. Me parece imposible. Pasé.

La clase de Kant se ha convertido mi sonido de fondo para dibujar. Mientras el profesor intenta explicarles porque las categorías no pueden usarse fuera de la experiencia, armo un cronograma de actividades  para los trabajos finales y empiezo a dibujar. Hoy logré dibujar de memoria mi primera persona. Una persona sin rostro pero con cuerpo, sin piel pero con manchas. Hoy he visto uno de mis dibujos y me he sentido satisfecha. Hoy he salido de clase, con un plan de trabajo armado.

Llego a almorzar sola. Mi compañero ocasional no está cerca. La felicidad de haber pasado en el examen se ha ido apaciguando. Debo almorzar rápido para alcanzar a hacer las vueltas sin perder el valioso tiempo de estudio. Comida para una persona, audífonos para media. Sin que lo note mi amigo se sienta a un lado y me saluda con una sonrisa. A él no le importa nada y me ha ayudado a hacerlo por mi cuenta. Si está caliente, frío, amargo o dulce. Si se sabe que se come como si no, todo es devorado, todo es necesario para mantenerse en movimiento. No importa, realmente no estamos allí para comer sino para cruzarnos un rato. Reírnos. Hablarnos. Me despido de él con un beso y camino con rumbo fijo. En mi rango de visión hay dos personajes indeseables. Me molesta verles confabular, me molesta que caminamos por la misma ruta. Camino más a prisa y les pierdo. Entro al banco y cierro los ojos como una súplica inconsciente para que no haya fila. Efectivamente hago mi consignación y en 2 minutos estoy en la calle de nuevo. Los dos personajes siguen en el mismo punto donde los perdí de vista, pero hacen el camino inverso, el de regrego, el mismo que tomaré yo. Camino más rápido, los vuelvo a perder. Camino, camino, camino, camino más rápido y entro al supermercado más cercano. No puedo olvidarme de mi cuerpo y sus necesidades. No tengo plata. Olvidé de nuevo lo importante. Camino a la puerta y hay un puesto de donación. Me siento y espero.

La última vez que me atreví a donar sangre me desvanecí y me pusieron una bolsa de suero. Me senté y recordé que no había desayunado y ya no recordaba si el almuerzo fue lo suficiente como para darme la energía necesaria. Mientras me mareo por el sol y mis recuerdos confusos, la enfermera toma mi brazo y me pone la bolsa que debo llenar. Lo primero que pienso es en no llorar. Es un pequeño dolor, me digo. Mover un dedo, mover el otro, adquirir confianza, moverlos todos. Abrir y cerrar los dedos. Abrir y cerrar la mano. Mareo. Mareo. Sal bajo la lengua y pieds al cielo. No me desmayo. La bolsa está llena y yo he sobrevivido para contarlo: No me desmayé esta vez. Aprendí a ser fuerte y ser valiente, aprendí a no llorar.

Llamé a mi madre a contarle que era una persona adulta. Me regañó como regañan las madres a sus hijos adultos: como niños. Me sonreí y entré a hacer la otra diligencia. Ya con el dinero en el banco, debía pagar por internet un último rubro para el viaje. Toda la mañana había intentado hacerlo por el teléfono pero no me cargaba la plataforma. Último día, último aviso. Pago completo. El viaje que llevo planeando hace más de 6 años tiene todos los documentos en regla, los tiquetes comprados y las gestiones hechas. 6 años después me parece ver la luz a 69 días de distancia. Son las 4:00 pm. No he estudiado. Debo esperar a un viejo amigo en la cafetería. Salgo. Me siento. Le espero. 5:00 pm. Llega y nos tratamos a tientas. Hace tanto tiempo no hablamos. Hace tanto tiempo juró no hablarme nunca más. Está sentado en ferente mío y creo que lo nota. Creo que me conoce lo suficiente como para saber que él me hace feliz. Me habla de poesía y yo le cuento mis trsitezas. Me abre los ojos y me callo. Me sigue hablando. Tres horas después le digo que tiene razón cuando aquella vez me escribió sobre mis defectos y le perdono. Yo no le pido perdón. Él me empieza a hablar de sus dolores. Él me empieza a hablar de las molestias que le causé. Él me ha perdonado. Me abraza con torpeza como solíamos abrazarnos y sonrío.

Tomo mi bicicleta y regreso. No estudié pero poco ha importado. “El mundo es mucho más grande que la vida académica. El mundo, piénselo, es el mundo”. Si esto no es la felicidad, no sé que lo sea.

Retornar al puritanismo, junto con su fracaso

Me despierto temprano en la mañana en un cuarto donde todo está en su lugar ‘correcto’. Cada hoja de papel está en el montón de temas afines. La loza está lavada y los alimentos en la parte correspondiente del refrigerador. Me despierto porque alisté el despertador la noche anterior para que sonara a la hora en que no ha salido aún el sol.

Me gusta cuando soy capaz de creerme el ideal del puritano o del protestante del siglo XVII (sí, junto las categorías porque me parecen igual de ingenuas) que ponían todo de sí y aquello les permitía confíar en el perfecto transcurrir del destino.

Puede uno intentarlo día a día, puede intentar e intentar, seguir intentando en una serie infinita. Los intentos como esfuerzos no logrados o llevados a buen término pueden repetirse día a día sin que ello les modifique su estatus. Puede uno seguir creyendo que el despertador sonando a la hora indicada cambia por completo el final del día. Puede uno atar su confianza en un hecho mecánico y retomar el papel en el continuo ‘consciente’ de los intentos fallidos.

Y fallar continuamente confíando en que aquello es el perfecto transcurrir del destino.

Hoy por ejemplo, pensé en salones de arte locales

A la luz de estar leyendo Paideia y en esta desazón que me produce mi pasividad, venía observando por la ventada del autobus las cosas que aparecían a través de ella. Vi al gran y hermoso edificio del Museo Nacional, vacío como de costumbre, como por definición, y de repente todo cobró sentido. La gente no acude a ellos, no invierte en ellos, porque sencillamente no les conoce, no se enamoraron de ellos ni del fenómeno que allí se gesta. Ya los sofistas, los grandes educadores de la gloriosa Atenas, y los mismos atenienses, veían la importancia y preponderancia de volcar la educación sobre esta apreciación del arte. La formación del espíritu refinando la sensibilidad.

¿Por qué no dinamizar este proceso? ¿qué tal si traemos a los niños de manera recurrente como una práctica institucionalizada?

Y cuando las preguntas empezaron a llevarme a la situación ideal, recordé que estaba en Colombia y que incluso yo, tuve que desplazarme de casa por falta de espacios. La vida cultural se ha centrado en unos cuantos focos por no decir que en uno solo. A las ciudades y las poblaciones (que es el término que más me gusta para hablar de lo que no es este gran ombligo del país) les vendría bien tener salones de artistas locales y bienales que les convoquen, junto con instituciones que aunque no le den dinero -porque acá nunca hay plata para nada, mucho menos para el arte- sí promuevan hábitos apreciativos y de participación artística.

De repente me di cuenta que tenía que bajarme del bus, mi casa estaba cerca. Pensé entonces que la propuesta podría ser replicada en el caso de los libros y que una librería no le caería mal a los lugares de los que nadie habla.

¡Cuánto me falta aprender aún de los negocios!