La felicidad que cabe en un día

por NN

Por primera vez le activé la opción a la alarma del celular para que me preguntara el ánimo con el que despierto. Anoché volví a dormirme tarde y en consecuencia me levanté con mucho sueño y poca energía. Las opciones no son amplias: Feliz, triste o indiferente. Triste puse como el estado más cercano a mi somnoliento y perezoso despertar; y al pulsar aquella simbolización del fracaso anunciado, sólo pude hacer algun gesto de mi propia incomodidad.

No me bañé porque aquello carecía de importancia. Ya era tarde, tenía sueño y mi profesor debía estar entrando al salón mientras me amarraba los cordones. Efectivamente iba tarde. No hubo desayuno. Algún par de idiotas me cerraron en la vía y mis audífonos no funcionaban. ¡Jueputa! le grite a alguno cuando tuve oportunidad (sin que éste lo escuchara probablemente). Llegué a un tema que no había visto y mis compañeros entregaron un taller que yo no tenía idea que debía hacer. Así que, hasta este punto nada podía ser peor. Pedí mi parcial para corroborar que -como a todos me había ido mal- y queriedo sumarle una razón más para no haber salido de casa. Pasé. Sólo tres personas pasaron y yo fui una de ellas. Me animé a pedir excusas por mi retraso y me comprometí a entregar los talleres pendientes. Pasé. Tengo hambre. Entro a la otra clase. Pasé. Sigo repitíendomelo como si lo hiciese más verdadero. Pasé. Me parece imposible. Pasé.

La clase de Kant se ha convertido mi sonido de fondo para dibujar. Mientras el profesor intenta explicarles porque las categorías no pueden usarse fuera de la experiencia, armo un cronograma de actividades  para los trabajos finales y empiezo a dibujar. Hoy logré dibujar de memoria mi primera persona. Una persona sin rostro pero con cuerpo, sin piel pero con manchas. Hoy he visto uno de mis dibujos y me he sentido satisfecha. Hoy he salido de clase, con un plan de trabajo armado.

Llego a almorzar sola. Mi compañero ocasional no está cerca. La felicidad de haber pasado en el examen se ha ido apaciguando. Debo almorzar rápido para alcanzar a hacer las vueltas sin perder el valioso tiempo de estudio. Comida para una persona, audífonos para media. Sin que lo note mi amigo se sienta a un lado y me saluda con una sonrisa. A él no le importa nada y me ha ayudado a hacerlo por mi cuenta. Si está caliente, frío, amargo o dulce. Si se sabe que se come como si no, todo es devorado, todo es necesario para mantenerse en movimiento. No importa, realmente no estamos allí para comer sino para cruzarnos un rato. Reírnos. Hablarnos. Me despido de él con un beso y camino con rumbo fijo. En mi rango de visión hay dos personajes indeseables. Me molesta verles confabular, me molesta que caminamos por la misma ruta. Camino más a prisa y les pierdo. Entro al banco y cierro los ojos como una súplica inconsciente para que no haya fila. Efectivamente hago mi consignación y en 2 minutos estoy en la calle de nuevo. Los dos personajes siguen en el mismo punto donde los perdí de vista, pero hacen el camino inverso, el de regrego, el mismo que tomaré yo. Camino más rápido, los vuelvo a perder. Camino, camino, camino, camino más rápido y entro al supermercado más cercano. No puedo olvidarme de mi cuerpo y sus necesidades. No tengo plata. Olvidé de nuevo lo importante. Camino a la puerta y hay un puesto de donación. Me siento y espero.

La última vez que me atreví a donar sangre me desvanecí y me pusieron una bolsa de suero. Me senté y recordé que no había desayunado y ya no recordaba si el almuerzo fue lo suficiente como para darme la energía necesaria. Mientras me mareo por el sol y mis recuerdos confusos, la enfermera toma mi brazo y me pone la bolsa que debo llenar. Lo primero que pienso es en no llorar. Es un pequeño dolor, me digo. Mover un dedo, mover el otro, adquirir confianza, moverlos todos. Abrir y cerrar los dedos. Abrir y cerrar la mano. Mareo. Mareo. Sal bajo la lengua y pieds al cielo. No me desmayo. La bolsa está llena y yo he sobrevivido para contarlo: No me desmayé esta vez. Aprendí a ser fuerte y ser valiente, aprendí a no llorar.

Llamé a mi madre a contarle que era una persona adulta. Me regañó como regañan las madres a sus hijos adultos: como niños. Me sonreí y entré a hacer la otra diligencia. Ya con el dinero en el banco, debía pagar por internet un último rubro para el viaje. Toda la mañana había intentado hacerlo por el teléfono pero no me cargaba la plataforma. Último día, último aviso. Pago completo. El viaje que llevo planeando hace más de 6 años tiene todos los documentos en regla, los tiquetes comprados y las gestiones hechas. 6 años después me parece ver la luz a 69 días de distancia. Son las 4:00 pm. No he estudiado. Debo esperar a un viejo amigo en la cafetería. Salgo. Me siento. Le espero. 5:00 pm. Llega y nos tratamos a tientas. Hace tanto tiempo no hablamos. Hace tanto tiempo juró no hablarme nunca más. Está sentado en ferente mío y creo que lo nota. Creo que me conoce lo suficiente como para saber que él me hace feliz. Me habla de poesía y yo le cuento mis trsitezas. Me abre los ojos y me callo. Me sigue hablando. Tres horas después le digo que tiene razón cuando aquella vez me escribió sobre mis defectos y le perdono. Yo no le pido perdón. Él me empieza a hablar de sus dolores. Él me empieza a hablar de las molestias que le causé. Él me ha perdonado. Me abraza con torpeza como solíamos abrazarnos y sonrío.

Tomo mi bicicleta y regreso. No estudié pero poco ha importado. “El mundo es mucho más grande que la vida académica. El mundo, piénselo, es el mundo”. Si esto no es la felicidad, no sé que lo sea.

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