tap, tip, tap

en esta casa de 7 paredes sólo se escucha el golpetear de las teclas, mientras el gato duerme

Mes: julio, 2013

Tareas, responsabilidades y culpas

Las tareas son esa pequeñas marcas que nos ponen en el camino para que no nos salgamos. Las migajas de Hanzel y Gretel que tenemos que recoger del piso para alimentar el espíritu pero nunca llenarlo. Yo he corrido con los ojos cerrados, dándome golpes con los árboles, andando a tientas. Todos han podido correr con un camino más o menos trazado y yo corro con desespero a ver si los alcanzo. Las migajas, en mi caso, se transformaron en rocas. Cuando he llegado a tomar un rumbo me tropiezo con ellas y me caigo. Mi misión es aprender a saltar sobre ellas y caer graciosamente al final del camino que muestran.

Las responsabilidades sin embargo no se parecen a esto. Las responsabilidades son los trajes con los que vas definiendo al personaje vacío. Cada cual se pone el traje de lo que mejor le sale y asume entonces dicho disfraz. Todos pueden cambiar y todos pueden ponerse incluso más de los que pueden cargar. La mujer con un hijo puede ponerse el traje de madre y cuidar de él, pero puede quitárselo y seguir con su vida. Y así hay tantos trajes como funciones. Está la capa del que paga el arriendo y los servicios como el del conductor. Las responsabilidades son un asumirse casi casi como otro. Las responsabilidades terminan siendo el disfraz que nos define. (Pero que siempre se puede renovar)

La culpa en cambio es un fenómeno particular; está la culpa que sentimos genuinamente y la que nos echan como un balde de agua fría. Nadie espera que alguien más quiera hacerlo sentir mal y la culpa genuina sólo se manifiesta en la interioridad del laberinto de preguntas y respuestas autoformuladas. Sin embargo se confunden tan fácilmente una y otra, porque comparten el mismo mecanismo. Una duda sobre el universo fáctico que nos interpela. Todo esta sujeto a ser perfecto como todo puede darse de la pero manera posible, pero estos son sólo dos mundos posibles que se presentan en universo de discurso y nunca en la realidad. La culpa es juzgar con alguno de ellos como realidad y cuestionar al individuo por un hecho presente en el mundo. No hay ninguna manera de escapar del juicio.

A las diez de la noche suena un teléfono en una oficina llena de gente zombie. Una persona contesta porque sabe que al otro lado de la línea alguien se preocupa y espera oírle. Dos minutos después ésta misma persona se arrepiente de haber cogido el teléfono y se disculpa diciendo: lo siento, no has debido llamar

¿Moralidad? ¿Eudaimonía?

Hay que abolir el mérito. Dejar de ponderar las cuestiones y asignarles un juicio. Saltarse el paso tortuoso de buscar la perspectiva de algo o alguien que no es uno mismo. Si somos tan conscientes de que el mundo es un entramado de causas y efectos ¿que sentido tiene que derivemos de una pequeña cadena causal una tortuosa carga emocional?

Llego tarde porque estos días me han costado sangre en el alma, me duele el alma porque soy susceptible a la presión y la inseguridad, mi inseguridad proviene de mi limitado conocimiento, nunca aprendí porque era rebelde, fui rebelde porque mis padres nunca estuvieron, la casa estaba sola porque todos tenían que conseguirse una vida, la vida es costosa y a la gente le cuesta sangre.

¿Cambia en algo el cargo de consciencia que tengo ahora? No, porque mi pesadez proviene de algo que no está precisamente en la línea causal que conozco sino en lo insondable que resulta establecer una normatividad sobre las pasiones. Poseer todos los argumentos lógicos y una gran fuerza de voluntad no hace que surja el sentimiento, ni siquiera hace que surja la creencia. Sin embargo cuando damos el salto hacia el otro, un otro que nos mira como juez, todo parece tener sentido. Lo más absurdo se legitima en la simpatía del otro que nos aplaude y no sé qué tipo de virtuosismo nos distingue de los perros de Pavlov.

Sin embargo tampoco le creo a Kant, no ahora. Formular una normatividad a partir de la simulación de mi comportamiento en otros, no es tampoco una prueba fiable. La lógica de los universales sólo puede engendrar hijos bastardos que se olvidan de la peculiaridad del segundo, del instante, de la persona que soy.  Si todos fueran absolutamente buenos y morales, qué virtud sería la mía dentro de una masa de virtuosos.

No sé en dónde poner a la moralidad pero no importa. Los ojos que me siguen a todas partes ya se han cansado de gritar sobre lo bueno y lo malo. Lo deseables es aquello que simplemente surge y ya. Arendt me enamoró con su concepto de libertad aunque sea restringido. Un maldito y sólo instante de libertad, como espontaneidad, para iniciar la cadena de causas y efecto. Un maldito y sólo instante para saberse feliz.

La habitación oscura, música de fondo, un abrazo. Un instante.