El que-hacer filosófico

Sólo me queda escribir. Después de múltiples conversaciones con eruditos, con mi seminario, con el daimon, con la psicóloga, con mi parte racional, ésta es la única salida que encuentro: Sólo me queda escribir.

La pregunta recurrente este semestre no cayó de repente el día en que decidí inscribir aquella materia, no nació después del primer texto obligatorio de las sesiones, no vino a mí al cuestionar y debatir sobre las prácticas en las que incurrimos en nuestro departamento de filosofía; sino al contrario, surgió mucho antes y es por eso que todo lo demás fue cobrando sentido.

¿Por qué estudiar filosofía? ¿por qué arriesgarlo todo y entregarse íntegramente a esta vida? ¿qué es a ciencia cierta lo que uno anda buscando? o bueno ¿qué ando yo buscando con semejante apuesta?

Creer ingenuamente que uno tiene claro de qué se trata la filosofía, no es mi caso. Puedo decir que el complejo de dios lo tuve (o a veces lo tengo) pero con el tiempo me fui dando cuenta que no era este el camino si lo que quería era enaltecerme. Ser o decir que se es filósofo no es más que justificar las burlas y la compasión de las personas al rededor. No hay quien en un primer momento tenga en estima a la filosofía ni aún por el papel histórico que pudo haber tenido porque hoy ciertamente el cliché fácil del hippie, mamerto, pica flor, no le hace justicia a la historia. No buscaba encajar en aquella figura insulsa ni mucho menos, llegué a ella por mi avidez de conocimiento, de mundo. Pero asumirse como filósofo es casi como asumir una vergüenza, o por lo menos en un primer momento, porque es decir ciertamente que uno no encaja en el sistema… sí, el capitalista en el que nos encontramos, pero también en la vida misma, en la cotidiana. No sé si logre una vida académica, si de hecho logre ostentar aquel cartón, no sé con seguridad mi futuro económico o cómo de hecho encajo en la sociedad en la que estoy inscrita. Claro que es una vergüenza, es una irresponsabilidad lanzarse al mundo sin saber nadar y sin salvavidas. La carrera no es precisamente una ayuda para retomar esa vida y aún así uno le sigue creyendo, sigue creyendo porque no tiene de otra, porque da más vergüenza engañarse a uno mismo al intentar convencerse de que se equivocó. No, no es cierto y uno lo sabe.

Seguí asistiendo a clase, a seminarios, a los libros y a las conversaciones infinitas sobre cuestiones trascendentales al rededor de un café. Porque hablar de uno y hablar de los otros, dejó de ser chisme para convertirse en crítica. No se trató desde entonces de si x o y tenían o no conductas reprochables sino por qué aquella actuación era en sí misma reprochable, cómo era posible. La vida dejó de ser aquello que se da por sentado para convertirse en objeto de estudio, la de uno, la de los otros. ¿cómo es posible la percepción? ¿por qué se asume esto o aquello como verdadero? ¿qué es lo prudente?. Toda experiencia, todo pensamiento, toda relación… TODO. Todo terminó cayendo indefectiblemente bajo la lupa. La filosofía parecía no agotarse, no saciarse… y terminó por consumirlo todo.

Hoy me doy cuenta que no tengo más opción que hacerle justicia y hacerme justicia. Hoy no me queda otro camino que aprender a escribir y escribirle. Ya las preguntas no me dejan en paz y los diálogos en mi mente se tornan insoportables. Así como los escritores cuentan que los fantasmas de sus personajes les persiguen, así parece que las preguntas nunca descansan… ya no hay posibilidad alguna de ir a misa y creer que cuando uno habla de voluntad, no está integrando con este ofrecimiento su vida entera.  Ya no encuentro otra manera de sacarle de mí: sólo me queda escribir.