Café, libros y algo más

por NN

Cuando la cuenta de cobro llegó y mi banco me informaba que había tomado todo el dinero que tenía disponible para el mes, sólo se me ocurrió saltar por la ventana. Odio deberle a la gente y odio que mis deudas tengan que pagarlas otros, así como las consecuencias de mis actos y decisiones. Me gusta trabajar pero por ahora no estoy trabajando y si el dinero es una parte importante de la conclusión del trabajo, debía olvidarme de conseguir el dinero por este medio. Miré a mi alrededor y me di cuenta que mi simpleza me llenó de cosas poco valiosas en el sentido comercial de la palabra. No tengo joyas ni objetos de gran valor, no tengo nada que suscite la envidia (y por ende el aumente el valor especulativo de ello). Sólo tengo libros.

No sé cuanto dinero he gastado en libros pero sé cuanto tiempo y esfuerzo me han costado. Son valiosos para mí sólo en la medida en que cada uno de ellos me cuenta una historia, me refiere a alguien y a un momento en mi vida. ¿Quién podría pagar por ello? o de hecho ¿Cuánto podría cobrar?. Nada. Esos sentimentalismos no aumentan su precio. Sin embargo confié en su valor comercial y en los buenos amigos que les aman, a los libros, a las historias.

Saqué a la venta la colección de mis recuerdos y de mis amores, saqué un listado y unas fotos que pudieran resultarle sugerentes a quienes han compartido un poco ese esfuerzo por buscar buenas ediciones y buenos precios.

La respuesta fue inmediata: Una incredulidad. Nadie entendía qué pasaba por mi mente para ponerle precio a lo que fuese mi único y gran tesoro. Todos preguntaron con escepticismo y un poco de cargo de conciencia, porque entendían que algo no andaba bien para que una persona buscara deshacerse de aquello que ama. Yo no podía responder, así que decidí ofrecerles a todos los compradores una taza de café, por ellos y por mí; porque había un mensaje que sólo se puede entender entre amigos, en complicidad: La desesperación.

A medida que fueron llegando uno a uno o en parejas, a medida en que estos 12m2 se fueron llenando de personas, perro, café y palabras, la ausencia de mis libros fue acaso el menor de mis males. Cada uno a su manera fue un bálsamo contra el desasosiego y me fue regalando una pieza más para reconstruir mi fortaleza. A muchos de ellos no los conocía, ni de nombre ni de referencia, eran los amigos de mis amigos, los curiosos, los anónimos que se tomaban mi situación un poco como propia y me ayudaban.

Así que aquí estoy, escribiéndoles a ellos, a todos. Gracias por la empatía y por la confianza, gracias por tomarse el tiempo y el café (que no sé preparar muy bien). Gracias por lo mucho que me enseñaron acerca de la vida y de las personas, por las sugerencias de libros, películas y actividades. Gracias porque cuando se llevaron cada uno de esos libros se llevaron un pedacito de mi historia y se que la valoraran.

Un abrazo para cada uno. Mi casa, aunque pequeña, siempre estará abierta y un café siempre será una buena ocasión.

Anuncios