A mis 25

Una noche aterrada entre el trago y la chica guapa que no me daba ni la hora, me atreví a confesar el más grande de mis miedos hasta aquel momento… Que el tiempo pasaría, como estaba pasando en ese instante, y yo no sería nada, ni la sombra de mí misma.

Ella sonrió como siempre lo hace y me dijo que era una idiota, que no había prisa, que ahí estaba ella con su pregrado finalizado a los 25 y con una expectativa demasiado alta a la que dejó de creerle. Me dijo que lo importante era que lo disfrutara, que disfrutara el camino y que si me cogía con un par de años no tendría mayor efecto.

Yo quise creerle por un tiempo, como le creía todo lo que me decía. Quise creerle porque al fin y al cabo yo aún no había llegado a la edad de los plazos límites y no había terminado nada en mi vida.

Pero hoy con los 25 por cumplir y la vida hecha pedazos, miro aquella conversación y lo estúpida que he sido siempre.

Ella nunca tuvo la culpa de hablarle de ideales a alguien quien sólo vivía en pragmatismos, ella sólo hablaba de sí misma y de su vida, sólo predicaba sobre sí. Hasta hoy lo noto. Cuando ya no queda lugar para esconderse, cuando no hay glorias ni sueños cumplidos, cuando la vergüenza absoluta es la prenda indispensable del atuendo, la mueca del espejo y el café de la mañana.

No, a los 25 no todo el mundo se gradúa… y graduarse de una carrera no es para todo el mundo. El problema es que yo hubiese querido hacerlo, y en ello fracasara.

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