¿Cuál es el problema con los trabajos finales?

por NN

La cantidad de años que cargo, estando vinculada a una universidad ya empieza a acercarse a la mitad de mi vida. Y heme aquí, muerta del pánico temiendo por mis desempeño.

Las entregas de diseño me atemorizaban menos porque los proyectos se construían por fases, con diversos procedimientos y aunque había una fecha límite, la pieza, el boceto, la plancha siempre estuvo lista antes de ese día. *Porque materialmente es imposible montarse una noche a hacerlo todo… de hecho la noche anterior uno rezaba para que el montaje fuese adecuado con la pieza.

En Filosofía la cosa cambió, cambió significativamente desde el principio porque ni siquiera mis parciales de Física y Cálculo eran tan definitivos como los trabajos que tenía que escribir. La última nota, del último examen siempre era la confirmación de que habías pasado los anteriores exámenes y entendías los últimos procedimientos expuestos por el profesor. En esta nueva carrera no.

Resulta que la última entrega puede arruinar por completo tu semestre o ‘salvarlo’; y esa angustia es peligrosísima.

Yo llegue a Filosofía sin saber cómo tomar apuntes, para mí las clases era una especie de un ejercicio de autocontrol creativo para no andar bocetando (porque sentía que era la única manera de sentir que mi decisión tenía peso). Cuando escribí mi primer texto fue tétrico el 2.0 que me gané. (La profesora esperaba MUCHO más de mi y sólo años después me vine a enterar de eso.) Había ayudado a corregir los textos de mis compañeros y el mío había obtenido la peor nota de mi círculo de amigos. Después vinieron los exámenes y todo se convirtió en una bola de nieve emocional. En el último periodo de ese semestre sentía que había cometido el peor error de mi vida y no sabía cómo o por qué -y pensar salir de ahí era un horror peor. Empecé a ponderar todos los errores cometidos y me enfoqué en pasar todo lo posible ‘como fuera’ y sin embargo falté a un examen porque en esa depresión tan fuerte creí firmemente que nada me serviría.

Esperar las notas finales fue una tortura. Me comí tres de cinco materias. 19 años, lejos de casa, con hambre, con la autoestima quebrada.

Al semestre siguiente empecé a ponderar mis errores, empecé a mirar en metodologías de estudio en estrategias de distribución del tiempo para estudiar más y mejor. No puedo decir que en ese semestre TODO salió bien pero cuando TODO salió mal, dos semanas antes de los finales viene la vida con su experiencia traumática a recordarme que estoy hecha de carne. Una carne que siente, que somatiza, cuya racionalidad nunca alcanza a dominar, y en esas situaciones límite ni a persuadir. Yo era un ente. No recuerdo si escribí o no. No recuerdo qué aprobé o no. Sólo recuerdo que quería mandarme a la chingada. Un compañero escribió a los profesores y creo que a punta de compasión aprobaron mis borradores de trabajo final.

A veces quiero pensar que sigo siendo la misma pero en noches como ésta me doy cuenta que no. La experiencia traumática dejó por ahí diseminadas algunas trampas para ablandarme para derrumbarme.

EL último semestre que cursé fuera de la ciudad me construí mi propio infierno. Duré más de dos meses sin salir  sino lo absolutamente necesario. Sólo leía, dormía un poco y comía chocolates para que mi cuerpo no sintiera tan fuerte la falta de verdadero alimento. Al final llegó de nuevo la hora de entregar. No tuve ni siquiera un borrador que enviar. Mi pánico estaba en otro nivel, mi autoestima ya no existía. Mientras mis amigos pudieron optar por intercambios, publicaron y escribían sus tesis de grado, yo estaba en ese cuarto encerrada llorando porque siempre me faltaban los cinco centavitos para el peso.

Después de eso renuncié. Ya no podía seguirme haciendo eso. La autodestrucción termina en una aniquilación total y no, eso no era lo que quería para mi y al menos eso sí lo tenía claro.

Espero dos años para ingresar nuevamente a la universidad y todos mis rayes de excelencia se vieron como lo que son, rayes. Nadie dijo que todo tenía que ser perfecto. Nadie dijo que un pinche estudiante tenía que hacer sus primeros trabajos formativos como si ya supiera.

No, yo no sabía ni cómo tomar apuntes. Escribía como lo hago acá, como escribo cuentos. Escribía poniendo a trabajar la cabeza al servicio del corazón,  e incluso del gusto. Recuerdo la risa displicente y la frase acusadora de “esto no es una ponencia parece escrito para un blog”. Sí, tenía razón. ¿cómo se suponía que debía aprender a escribir académicamente sino era a través de una guía. Juegos del lenguaje, de las apariencias, de etiqueta que me han costado sangre.

En una semana uno se tira un semestre. No porque no haya leído, porque haya faltado a los seminarios, porque no haya hecho preguntas. No. Uno se tira un semestre en filosofía porque los fantasmas y el dolor vienen e intentan aplastarte.

Los dos semestres pasados he logrado salir ilesa de esa dinámica. Este semestre me cuesta un poco más. Ya me acerco a la tesis y ya no sólo un final me tira el trabajo del semestre. Una tesis me puede arruinar la vida.

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