tap, tip, tap

en esta casa de 7 paredes sólo se escucha el golpetear de las teclas, mientras el gato duerme

Mes: febrero, 2017

Hoy por ejemplo…

En ocasiones odio andar con el celular porque odio pensar que puedan robarme algo. Odio que alguien pueda querer tomar algo de otro y… bueno el odio se potencia si hablamos de algo como mío.
El caso es que estaba en el centro, un centro que nunca me ha resultado particularmente hostil pero que ahora me agobia. Nada ha cambiado significativamente pero yo me he vuelto más nerviosa. No sé con certeza por qué pero acontece que todo individuo desconocido me resulta incómodo e incluso amenazante… así que trato de caminar rápido y no sostener la mirada. Hago un inventario continuo de las cosas que cargo conmigo y calculo el tiempo en ‘encontrar un refugio’.

De nuevo, el caso es que estaba en el centro, estaba muerta del miedo y no sabía cómo devolverme a la oficina. Me golpeé sin esperanza en los bolsillos y encontré las monedas que sin pensar cogí en la mañana. Ahora, sólo tenía que esperar el bus y confiar en que fuese el indicado.

En la parada había una niña de cerca de 18 años que andaba en el mismo pánico mío pero se desesperó ante la espera y cogió un taxi. Yo miré mis monedas y descarté la opción antes de considerarla.

Seguí esperando hasta que un hombre de estatura baja, con la cara quemada por el sol, las arrugas bien marcadas y la ropa ya gastada se me acerca. ¡Dios! S.E M.E A.C.E.R.C.A.

Me chequeaba el celular en el bolsillo cada segundo, miraba el horizonte con ansiedad y ningún bus aparecía. El señor me mira y me pregunta por la ruta de bus que lo lleva hasta una de las zonas marginales de la ciudad y yo no supe responderle. Titubeé un poco, repetí su destino y le dije que no. Que no sabía, y estaba en las mismas.

Al hablarle noté que tenía un corrector de columna que era más como un yeso pero de plástico. Lo tenía amarrado con unas correas o unos jirones de tela, no supe distinguir. Creí que me pediría para el bus.

Empezamos a esperar juntos. Me hablaba de lo que no sabíamos. No sabíamos qué ruta debíamos tomar cada uno y por supuesto no sabíamos cuales rutas pasaban por allí.

De repente empezaron a pasar uno, dos, tres… pero ninguno fue, ni su ruta ni la mía. Me subía con afán y me bajaba con desesperación. Volvía a hacer el inventario de mis bolsillos para verificar que no me hubieran robado en las maroma de de subida y bajada. El hombre en cambio esperaba. Me veía subir con esperanza y me recibía de nuevo con paciencia.

En el último instante de nuestro encuentro, me subí a un bus en movimiento. Entregué las monedas y me senté en una ventana, volteé a ver y allí siguió él, esperando. Levantó su mano derecha para despedirse y me sonrió. Devolví el gesto y me fui sonriendo.

¿Cuánta basura tenemos en la cabeza como para desconfiar de todos los que se nos acercan? ¿Cómo llamarnos humanos sin la empatía suficiente para reconocernos en el otro?

Realmente me cuestiona pensar en el mundo que habito y que colectivamente construimos pero hoy por ejemplo… le agradezco a ese señor por su generosidad y empatía.

Orgullo

En la mañana tomamos un taxi con mi madre y le pedimos que me trajera a la universidad y luego la llevara a ella al trabajo. Una transacción normal. Sin embargo el señor volteó varias veces cada que mi madre o yo mencionábamos el nombre de la universidad. Nos miraba y sonreía, incluso sonreía con complicidad.

Al bajarme del taxi mi madre me dió un beso y me deseó un buen día y el señor, con un breve gesto también se unió a los buenos deseos.

Caminé a prisa y sonreía, pensando en que no es la primera vez que ocurre. En que de hecho es una situación ya familiar con algunos extraños. Pero empecé a pensar bajo qué condiciones se daban este tipo de gesto o de qué manera estaban asociadas estas reacciones tan inesperadas (para mí) de empatía.

Actualmente estudio en una universidad pública, en una universidad en una ciudad intermedia, donde la mayoría de la gente es gente trabajadora y más clase media que baja. Y bueno, en las dinámicas de clase está inscrita la universidad como pieza fundamental. El sueño de todo estudiante es ingresar a ésta universidad, ni siquiera hay un interés en comparar, en sopesar o en evaluar la decisión. La opción por defecto es estar acá pues en la historia, la universidad se fue constituyendo como una institución de tradición y calidad (por comparación con la instituciones de la zona) pero sobre todo fue la esperanza de una mejor calidad de vida.

Mi madre estima profundamente a su cardiólogo (que le realizó dos bypass coronarios) por ser el vecino de su infancia en uno de los primeros barrios que pasó de ser invasión para hacer parte de la urbe. Él, hijo de la mujer que remendaba los zapatos al barrio entero, estudió medicina en esta misma institución. Y las historias de esta índole no son pocas y alimentan los mitos y esperanzas que se tejen al rededor de la universidad.

Cuando le comuniqué a mis padres que mi deseo era estudiar en la capital en “la mejor universidad del país” querían matarme. Primero era menor de edad, escogía una carrera que ellos no comprendían, pero ante todo, escogía una universidad que no era la que ellos o cualquiera esperaría. Múltiples veces intenté convencerlos de lo que significaba entrar allá, lo que era obtener el puntaje que obtuve al ingresar, pero poco caso me hicieron y la cosa con el tiempo no mejoró. Después de la crisis y al volver a la ciudad, quise retomar la filosofía aunque fuese acá, como si de una condena se tratara.

Mis ojos vieron con un fuerte desprecio esta institución por muchos años y nunca le di una mayor oportunidad (en mi línea de estudio). Mi experiencia en Bogotá me hizo fuertemente desconfiada y temerosa, así que cuando volví a pisar un aula de clases variaba entre el silencio absoluto y el enfrentamiento. Sentía que este no era mi lugar y nunca lo sería… pero hoy, algo cambió.

Cuando caminaba hacia la puerta recordé la función social de la universidad en este contexto inmediato en el que estoy inmersa. Recordé el apoyo directo o indirecto que las personas me dan cuando digo que llevo acá mis estudios. Es como si, la gente sintiera un compromiso o relación directa con la institución. Pensaba que cuando el rector decidió quitar los torniquetes e invitar a la ciudad para que se apropiara de los espacios no era un gesto simbólico sino moral. La gente manda a sus hijos para que aprendan cosas, para que ellos de una u otra manera jalonen un cambio a sus condiciones… en gran medida materiales, pero siempre es más que sólo eso.

La universidad por su parte… pues ya ven… abre la biblioteca 24h y da desayuno de madrugada a quienes estamos por acá. Brinda espacios seguros y da facilidades para el desplegar de sus miembros.

Tal vez me este pasando de romántica pero me pareció importante decirlo. No sé, pensar en voz alta. Me emociona ver a tanta gente echándole ganas y tanta otra haciendo barra. Me conmueve la mixtura que la universidad permite… Y también porque es bueno reconocer que estaba equivocada, afortunadamente equivocada.