Hoy por ejemplo…

por NN

En ocasiones odio andar con el celular porque odio pensar que puedan robarme algo. Odio que alguien pueda querer tomar algo de otro y… bueno el odio se potencia si hablamos de algo como mío.
El caso es que estaba en el centro, un centro que nunca me ha resultado particularmente hostil pero que ahora me agobia. Nada ha cambiado significativamente pero yo me he vuelto más nerviosa. No sé con certeza por qué pero acontece que todo individuo desconocido me resulta incómodo e incluso amenazante… así que trato de caminar rápido y no sostener la mirada. Hago un inventario continuo de las cosas que cargo conmigo y calculo el tiempo en ‘encontrar un refugio’.

De nuevo, el caso es que estaba en el centro, estaba muerta del miedo y no sabía cómo devolverme a la oficina. Me golpeé sin esperanza en los bolsillos y encontré las monedas que sin pensar cogí en la mañana. Ahora, sólo tenía que esperar el bus y confiar en que fuese el indicado.

En la parada había una niña de cerca de 18 años que andaba en el mismo pánico mío pero se desesperó ante la espera y cogió un taxi. Yo miré mis monedas y descarté la opción antes de considerarla.

Seguí esperando hasta que un hombre de estatura baja, con la cara quemada por el sol, las arrugas bien marcadas y la ropa ya gastada se me acerca. ¡Dios! S.E M.E A.C.E.R.C.A.

Me chequeaba el celular en el bolsillo cada segundo, miraba el horizonte con ansiedad y ningún bus aparecía. El señor me mira y me pregunta por la ruta de bus que lo lleva hasta una de las zonas marginales de la ciudad y yo no supe responderle. Titubeé un poco, repetí su destino y le dije que no. Que no sabía, y estaba en las mismas.

Al hablarle noté que tenía un corrector de columna que era más como un yeso pero de plástico. Lo tenía amarrado con unas correas o unos jirones de tela, no supe distinguir. Creí que me pediría para el bus.

Empezamos a esperar juntos. Me hablaba de lo que no sabíamos. No sabíamos qué ruta debíamos tomar cada uno y por supuesto no sabíamos cuales rutas pasaban por allí.

De repente empezaron a pasar uno, dos, tres… pero ninguno fue, ni su ruta ni la mía. Me subía con afán y me bajaba con desesperación. Volvía a hacer el inventario de mis bolsillos para verificar que no me hubieran robado en las maroma de de subida y bajada. El hombre en cambio esperaba. Me veía subir con esperanza y me recibía de nuevo con paciencia.

En el último instante de nuestro encuentro, me subí a un bus en movimiento. Entregué las monedas y me senté en una ventana, volteé a ver y allí siguió él, esperando. Levantó su mano derecha para despedirse y me sonrió. Devolví el gesto y me fui sonriendo.

¿Cuánta basura tenemos en la cabeza como para desconfiar de todos los que se nos acercan? ¿Cómo llamarnos humanos sin la empatía suficiente para reconocernos en el otro?

Realmente me cuestiona pensar en el mundo que habito y que colectivamente construimos pero hoy por ejemplo… le agradezco a ese señor por su generosidad y empatía.

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