tap, tip, tap

en esta casa de 7 paredes sólo se escucha el golpetear de las teclas, mientras el gato duerme

Contar, conteo, cuentas…

Sé que llegué a la casa de mi madre en marzo del 2014. Más de dos años después ya he vuelto a la universidad y sigo el currículum de otra universidad para graduarme como filósofa profesional.

Nunca he entendido muy bien para qué podría servir un cartón con semejante título pero al parecer así si podría trabajar haciendo cosas que me gustan, como hablar de libros. Así que acá me encuentro. En la mitad de algo, a ver si esta vez si logro llegar al final.

Hay días particularmente difíciles, hay días que me he hecho difíciles pero también hay días en los que se puede mirar el sol caer con la certeza de que el día ha valido la pena. Aveces tengo buenas rachas y vuelvo a casa con mi madre contándonos historias.

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Bitacora de Viaje

No me quiero llevar el computador porque siento que es lo único valioso que poseo y aunque en realidad no es valioso si lo perdiese me complicaría la existencia académica que intento forjarme, así que decidí que no va conmigo.

Me llevaré el Ipad pero no he podido cargarlo de distractores útiles. No fui capaz de ponerle películas ni tuve la paciencia para cargarle música. Nunca tengo tiempo para esas cosas. Terminaré pagando la suscripción en Spotify pero lo de las películas si es una pena.

Cuesta un poco comprender que al mundo no lo cubre una capa infinita de Internet y que moverse implica desconectarse.

Evaluar lo prescindible y lo necesario. Evaluar mis propios límites. Cuánto estoy dispuesta a cargar, qué quisiera ver, dónde quisiera estar. Mi cuerpo me dirá cuanta hambre e incomodidades puede soportar pero creo que es bastante guerrero. La ansiedad por su parte está bastante inquieta y aunque me deja dormir está jugando con mis alergias; pero somas amigas, pasamos por un buen momento.

Escribiré cada que pueda, cuando me logre sobreponer a la resistencia que le tengo al Ipad… pero escribiré, necesito volver a conectarme con ese yo misma que me gustaba tanto.

Quitarse las pretensiones (y prevenciones)

Nada es más difícil de fingir que la inspiración o lo que en otros casos sería un impulso. Sin embargo en ocasiones el trabajo repetitivo genera la necesidad de buscar otros caminos, pequeñas modificaciones para enriquecer la rutina y no morir de tedio.

Las combinaciones de colores son un ejercicio comúnmente escogido para ejercer la creatividad sobre sí mismo. El maquillaje ejecuta todo su poder performativo frente al espejo que mira, juzga y crea.

Y pensar que antes de salir de casa tenemos que cargar con tantas decisiones ¿qué hora es? ¿tendré el tiempo suficiente para llegar? ¿cómo será el día? 

Los lunes por ejemplo, espero. A las 5:30 de la mañana frente a la avenida. Espero a tomar la decisión correcta al subirme en el primer desconocido que se ofrezca a llevarme a clase.

¿Qué es un profesor? 

Acabo de enviarle este vídeo a mi profesora en un intento de darle las gracias por lo que hace cada día pero empecé a preguntarme si había hecho lo correcto.

En el video dejan claro que el profesor tiene una clase de estudiantes con necesidades especiales y sus edades parecen oscilar entre 8-11 años. Su trato y estrategias parecen apropiadas para esta población pero ¿se puede replicar este modelo en otros niveles de educación? quisiera pensar que sí pero me asaltan varias dudas.

¿Qué es lo que debería hacer un profesor? En sentido general se podría decir que la función de los profesores es enseñar. Dar herramientas para desarrollar ciertas capacidades y descentralizar algún tipo de conocimiento; pero ¿cuáles son los límites de esta enseñanza? o ¿cómo debe hacerse esta práctica? son cuestiones que tienen otro talante y se alejan de la definición para cuestionar los propósitos sociales de esta profesión.

No sólo en la escuela primaria se están forjando el tipo de individuos que conformarán las sociedades pero parece que sólo a esta se le cuestiona por los individuos que en efecto la conforman. La crianza ha sido intervenida por la escuela formal pero olvidamos voluntariamente que ésta es retroalimentada por la familia, los amigos y los vecinos. Sí, los vecinos. Los pequeños núcleos sociales desmoronados en estas últimas décadas.

¿quienes les enseñará a las nuevas generaciones a confiar en los demás?

Y es que la hostilidad se ha insertado en nuestras formas de relacionarnos con los demás, que poco a poco la empatía ha sido restringida sólo al ámbito de la vida privada. La amabilidad e incluso la benevolencia sinceras son excentricidades que pocos se permiten. Así vuelvo y reformulo mi pregunta inicial ¿deberían los profesores enseñarnos estas cosas? ¿cómo podrían enseñarnos a ser amables y benévolos sino es siendo ellos mismos de esta manera?

Recuerdo un email de dos cuartillas sin una sola apreciación positiva de un proyecto. Recuerdo lo miserable que me sentí al leer sobre mis carencias y debilidades. Recuerdo el miedo que me daba escribir una idea, una frase, una palabra. Lo recuerdo porque debo reconocer que aprendí a ser mas cautelosa y menos ingenua, y porque de esa crisis siento que mi carácter se ha robustecido pero aún así, creo que no le desearía tremenda experiencia a nadie. Tal vez por esta razón aplaudo iniciativas donde los profesores asumen que más allá del conocimiento que imparten, hay algo más.

Aprendizajes

Tengo algo más que setenta páginas por revisar de un documento que no sé cómo pudo ser escrito. Cuando voy por la calle con cualquier otra persona y vislumbra un individuo, que no se adapta las tendencias o a las normas implícitas de la etiqueta del espacio público, suelo escuchar un comentario paradigmático “¿nadie le dijo que no se visitiera de esa manera? ¿será que en su casa no hay espejos?” y creo que la situación se ajusta bastante a la situación compleja que me representa leer este texto.

Cuando llegué a la universidad creía que escribía con bastante elocuencia porque mis textos eran estimados por todo aquel que los tenía entre sus manos. Me armé de un ego infundado (y tal vez bastante mentiroso) que selló con broche de oro el fracaso de mi paso por la universidad. sin embargo este fracaso me ha dado quizá la única certeza que hoy me acompaña: que para escribir hay que sospechar de cada palabra, de cada oración y del mismo párrafo. Que no es lo mismo escribirle al lector de éste blog que al académico; son simples juegos del lenguaje.

Ahora bien, el texto que leo me ha puesto manifiestamente la pregunta por el pensamiento ¿es acaso ‘más verdadero’ mi ejercicio académico que mis ejercicios de escritura? -tal vez no, pero sí son más complejos. Escribirle a alguien que está dispuesto a encontrar la falacia en tus discursos no permite que de golpe seas capaz de expresar todo aquello que te inquieta como en cambio es probable que seas capaz de acercarte sigilosa e intuitivamente a algunas nociones e hipótesis que vas construyendo.

Así que dejé a un lado la pretensión de leer una tesis para leer a un amigo… y aunque su texto no cumpla con las normas básicas de la etiqueta académica, creo que vendría bien poderle hablar de sus inquietudes. Superar los paradigmas totalizadores que paralizan y tratar de entender… tal vez quien salió en chancletas de su casa sí tuvo quién le dijera que no lo hiciera, simplemente prefirió su comodidad a la comodidad visual del otro.

Volví a escribir

No sé muy bien cómo pero volví a hacerlo. Tomé mis apuntes de lectura y las preguntas de un formato racional que elaboré para estos casos y me animé a escribir unas cuantas líneas. No sé si sea acaso un texto bien escrito, aún me parece que no lo es. Conserva mucho de esa vieja crítica de “escribir a modo de blog” en un texto que pretende ser académico y ello me deja un aire de fracaso impregnado en la piel. Creo que la crítica fue justa en su momento, o incluso aún lo es. Siempre me escribo al escribirle a los otros y al escribirle a otros parece que sólo me hablara mí. Un puro soliloquio confuso y emotivo, un mero padecimiento.

Mañana lo editaré. Espero revisarlo con calma y estructurarle mejor las ideas. Recordar siempre “sujeto, verbo y predicado” e “ideas primarias y secundarias”. Dejar de creerle al daemon. Volver a disfrutar de lo que más me ha gustado hacer en la vida.

A mis 25

Una noche aterrada entre el trago y la chica guapa que no me daba ni la hora, me atreví a confesar el más grande de mis miedos hasta aquel momento… Que el tiempo pasaría, como estaba pasando en ese instante, y yo no sería nada, ni la sombra de mí misma.

Ella sonrió como siempre lo hace y me dijo que era una idiota, que no había prisa, que ahí estaba ella con su pregrado finalizado a los 25 y con una expectativa demasiado alta a la que dejó de creerle. Me dijo que lo importante era que lo disfrutara, que disfrutara el camino y que si me cogía con un par de años no tendría mayor efecto.

Yo quise creerle por un tiempo, como le creía todo lo que me decía. Quise creerle porque al fin y al cabo yo aún no había llegado a la edad de los plazos límites y no había terminado nada en mi vida.

Pero hoy con los 25 por cumplir y la vida hecha pedazos, miro aquella conversación y lo estúpida que he sido siempre.

Ella nunca tuvo la culpa de hablarle de ideales a alguien quien sólo vivía en pragmatismos, ella sólo hablaba de sí misma y de su vida, sólo predicaba sobre sí. Hasta hoy lo noto. Cuando ya no queda lugar para esconderse, cuando no hay glorias ni sueños cumplidos, cuando la vergüenza absoluta es la prenda indispensable del atuendo, la mueca del espejo y el café de la mañana.

No, a los 25 no todo el mundo se gradúa… y graduarse de una carrera no es para todo el mundo. El problema es que yo hubiese querido hacerlo, y en ello fracasara.

Tristeza

A veces la tristeza viene y nos coge en la mitad de un baño de agua caliente, en la subida de la montaña, en el respiro final. A veces la tristeza nos coge cuando despertamos y tomamos el café de la mañana, al tomar el autobús, al llegar al trabajo.

A veces simplemente viene y nos coge, nos da tres vueltas y se burla en nuestra cara. “Sigue intentando” se ríe… “Sigue intentando”

Y así, cerramos llave, nos paramos de la cama, dejamos el café, nos bajamos del bus y cambiamos de empleo.

Seguimos intentando. Claro que sí, seguimos intentándolo.

Leer y escribir

Desde que escribí el último post quedé inquieta. No confío en lo que escribo y menos aún en el silencio. Nadie comentó nada. Pensé y releí la historia varias veces, la corregí, la leí de nuevo pero parecía oscura. Así que cada vez que le pedía a alguien que la leyera me disculpaba por lo extraño de la historia, decía que me perdonara pero que no estaba intentando ninguna creación poética o creativa, que eso, absurdo y surreal fue lo que ocurrió.

Hoy me desdoblo de nuevo y me leo; me veo a mí misma intentado escribir sobre una realidad que no comprendo, una inmediatez que se siente suspendida para ser escrita, comprendida y analizada… una realidad tan extraña que sólo se puede intentar describirla.

Volví a escribir para leerme en eco, para ver si así me ayudo a despertar.

Juego de niños

Si alguien ha tenido que ir al banco un sábado o un día de vacaciones escolares entenderá de lo que hablo.

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Dos pequeños de no más de 6 años corrían de un lado al otro mientras los adultos jugaban su juego. El silencio sepulcral del dinero, del miedo, de la adultez, tenía congelados a unos 10 individuos en un remedo de fila india. Una fila comprimida tres veces para que se aglutinaran y su paranoia los cubriera a todos bajo sus propias miradas. Los niños en cambio corrían. Cantaron una, dos, tres veces juguemos en el bosque preguntando si el lobo está… Y el lobo sé los comía ante la sonrisa cómplice de los adultos petrificados que esperaban su turno.

Uno a uno pasaron los adultos, cogieron su dinero mientras los niños seguían preguntando sin parar, muriendo y resucitando cuantas veces fueran necesarios hasta que alguno de ellos reaccionara para jugar. Cuando llegó nuestro turno, sin previo aviso, un lobo más grande y feroz apareció. Frente a nuestros ojos el celador del banco reaccionó inmediatamente y le señaló frente a los presentes y el juego pareció acabar. El ladrón que nos observaba sigilosamente durante el juego quedo descubierto la policía llegó pronto. Lo arrestaron y fue llevado a la estación. Mi madre lavada en lágrimas balbuceaba que era a ella a quien esperaban, mientras agarraba con fuerza el bolso que el lobo no alcanzó a devorar.